¿Me puedo bañar aquí?
Japón, el país del Sol naciente, el de la bandera blanca con un sol rojo intenso, el de la tecnología puntera pero donde se conservan y cultivan tradiciones ancestrales. Extranjeros como somos los “occidentales” no llegamos a comprender y por asomo la complejidad de la cultura y la manera de ser y hacer de los japoneses. Educados, serviciales hasta ser serviles, sobre todo si es de cara a un cliente, se rebajan en el lenguaje hasta a la hora de hablar con un superior cuando nosotros, españoles, castellanos, cada vez usamos menos el “vos” y el “usted” porque “nos suena demasiado formal”.
Sin
embargo, pese a esa cara amable que se muestra al turista, en Japón hay millones
de reglas no escritas, reglas que la sociedad japonesa tiene “escritas en su
piel” y que casi todo japonés sigue y respeta. El sentimiento de grupo, la capacidad
de sacrificio y esfuerzo se la muestran los japoneses al mundo cada vez que ocurre
un desastre, ejemplos recientes de esto son la recuperación económica tras la Segunda
Guerra Mundial, la limpieza y restitución de aquellas zonas habitables tras el accidente
nuclear provocado por un terremoto allá por 2011 en Fukushima. Japón es el país
donde hasta el más pequeño ciudadano hace de grano para formar una gran playa
que hace que todo el país funcione lentamente. Por eso salirse del grupo al que
uno pertenece está mal visto, en muchos casos muy mal visto. Es algo que, a
nosotros, “occidentales extranjeros”, 外人 (gaiyin en fonética española para entendernos…), se nos perdona,
casi como si de niños de 3 años que aprendieran a vivir en sociedad se trataran.
Pero son esas mismas reglas no escritas las que suponen objeto de discriminación,
algo que a nuestros ojos puede ser curioso y hasta simpático. No, no estoy
hablando de saber comer con palillos o no saber que el sushi se puede comer con
la mano, no, estoy hablando sobre algo tan sencillo como un simple baño.
En Japón el espacio es muy limitado, por eso era habitual (ahora ya no pasa tanto) que, en las viviendas, sobre todo si eran pisos de alquiler, no hubiera una bañera o una ducha. Son los baños públicos o “sento” (銭湯), si bien los más conocidos son los “onsen” (温泉) pues las aguas que allí puedes disfrutar son termales naturales. Antes de seguir, comentaos que el acto de bañarse es todo un arte en Japón, y no me refiero a nuestros spas, no. Como no es objeto de esta entrada no voy a profundizar mucho sólo os diré, que los baños suelen ser comunes, eso sí, separados por sexos, para tranquilidad de las más pudorosas o pudorosos. Así, para que lo visualicéis fácilmente, imaginaos unas termas romanas, pero con personas de ojos rasgados. A esos baños sólo se entra con una toalla minúscula para taparte mínimamente las vergüenzas, las cuales sí o sí tendrás que enseñar si quieres relajarte en esa magnífica piscina de aguas termales pues antes de acceder a ella, deberás limpiarte a conciencia en la zona de ducha. Y es aquí donde comienzan la discriminación…
Las imágenes
superiores muestran lo que se puede encontrar a la entrada de muchos baños públicos
japoneses. En ellas se prohíbe explícitamente la entrada a personas tatuadas.
El motivo no es porque a los japoneses no les gusten los tatuajes, la cultura
del tatuaje o “irezumi” (刺青)
data de antes del periodo Heian (794-1185) y se caracteriza por elaborados
diseños y gran colorido. El motivo es que, durante los periodos posteriores de
la historia japonesa, el tatuaje fue empleado como medio para marcar a los delincuentes
y traidores (periodo Edo, 1603-1868), motivo por el cual fue adoptado por la
yakuza (ヤクザ) o
mafia japonesa como método de distinción durante el periodo Meiji (1868-1912)
hasta hoy en día. Es más, hasta 1945 había una ley nacional que los prohibía
expresamente. De tal manera, los tatuajes en Japón son asociados a
organizaciones criminales y conductas ilegales y, por lo tanto, la entrada de
personas con tatuajes está prohibida en la gran mayoría de baños termales y
públicos, algunos lo indican con señales como las anteriores en sus puertas,
otros indicaran a la persona en cuestión que deje amablemente el establecimiento
puesto que no se le permite la entrada baja la excusa de que “los tatuajes
pueden suponer foco de contagio de enfermedades cutáneas al resto de personas con
las que se comparte el baño”.
Nos
encontramos ante un ejemplo de discriminación por error, en el caso de
un extranjero, o de discriminación por asociación, en el caso de un
japonés, ambos con tatuajes. Ni que decir tiene que, el hecho de que se fueran
a celebrar los juegos olímpicos en Tokyo durante el año 2020 supuso todo un rato
para la sociedad nipona, el gobierno puso y sigue poniendo mucho empeño en que esta
norma sea revocada en todos los establecimientos con baños públicos, pero hasta
el momento, no ha tenido mucho éxito.
Sin embargo, siempre hay luz al final del túnel y es que, si tenéis un tatuaje y durante vuestro viaje a Japón queréis disfrutar de esta agradable experiencia, siempre podéis taparos el tatuaje con una tattoo cover o tatto cover seal, que viene a ser como una especie de apósitos de color piel que cubren tatuajes y casi ni se notan, pues intentan confundirse con la propia piel. Eso sí, ponéoslo antes de ir al “onsen” o “sento”, recordad que mostraremos nuestras vergüenzas ya en el vestidor al resto de los allí presentes. Si no os apetece algo tan “poblado”, siempre podéis intentar alquilar un “onsen” por horas o reservar una habitación con “onsen” privado. Finalmente, siempre podéis ir a aquellos baños que sí dejan entrar a personas tatuadas porque haberlos, haylos; es más al ser "gaijin", encontrarás que tienes más donde elegir que tu amigo japonés que tan amablemente te ha prestado su cama para dormir y te está haciendo de guía sólo por un cuenco de ramen. Eso sí, te invitamos a que, si vas, dialogues con el propietario para que amplíe la entrada a los japoneses tatuados porque no todos son de la yakuza y está incurriendo en una discriminación por asociación.


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