Reflexiones de súper
El otro día, en el súper, en el pasillo de los yogures,
había una chica en silla de ruedas, nada que reseñar si no fuera porque nadie le
hacía caso y eso que ella insistía con una voz entrecortada y leves movimientos
si alguien podía alcanzarle algo del mostrador que tenía enfrente. Yo estaba en
la otra punta, pero como justo tenía que ir hacia donde estaba para coger uno
de mis postres favoritos, yogur griego con moras, me acerqué y le pregunté qué
necesitaba. Nos costó entendernos, pues apenas podía articular palabra y su
movilidad corporal era reducida en general, pero allí nos apañamos las dos,
ella se hizo entender y yo le acerqué y coloqué encima del regazo los yogures
griegos con fresa que quería. Le pregunté si necesitaba algo más y me dijo que
no, que eso era todo. Con cuidado, puso su mano en el mando de la silla y dio
la vuelta para dirigirse a la caja. Yo, por mi parte, continué haciendo la
compra sin preocuparme de nada más.
Fue al llegar a casa cuando me di cuenta de un detalle, se
me hizo raro que nadie ayudara a esa chica que tan sólo quería unos yogures que
no podía alcanzar. Y pensaréis bueno, estamos en pandemia, mucha gente no se
acerca a desconocidos o toca las cosas de otra persona por miedo a contagiarse,
a lo cual os puedo responder que yo soy una de esas personas, si ya respetaba
el espacio vital de las personas, ahora mucho más, y no es porque sea una
persona poco afectiva o despegada, todo lo contrario, soy muy cariñosa y de abrazo
muy fácil, tanto para dar como para recibir, simplemente he aprendido con el tiempo
que la gente te hace ver cuándo necesita ese abrazo que tú tienes preparado
para dar generosamente.
Mi punto es que no es la primera vez que vivo una experiencia
similar, con otros colectivos y sin pandemia. Los humanos somos animales
sociales, tenemos necesidad de pertenecer a un grupo, sin embargo, aquello que
no entendemos o desconocemos, nos provoca cierto rechazo, un rechazo que cuesta
superar y que se vence aprendiendo, viendo y experimentando. Recuerdo la
primera vez que hablé con uno de los mejores amigos de mi padre, Chencho (sí,
como el de la peli). Yo tendría como 14 años y había quedado con mi padre porque
teníamos que comprar un regalo por el cumpleaños de mi madre. Tras hacerlo, nos
dirigimos a casa y, al pasar por unos soportales, nos paramos a hablar con
Chencho. De ese encuentro hubo dos cosas que me llamaron la atención, la primera
es que, estando nublado, llevara gafas de sol y la segunda fue cuando me dijo
que le gustaba el olor tropical de mi colonia y que si acaba de pasar frente a
donde estaba él. Esto último me extrañó mucho más que lo primero y algo debió
de notar en mis movimientos porque dijo: “¿Miguel Ángel, no le has dicho a tu
hija que soy ciego?”. Ahí comencé a darme cuenta de que da igual si las
personas tienen limitaciones o discapacidades, son personas igualmente y como
tal deben ser tratadas. Al llegar a casa bombardeé a mi padre con preguntas
sobre Chencho y sobre si había nacido así o se había quedado ciego después,
cómo hacía para cocinar y un sinfín más de dudas que mi mente científica y
analítica quería resolver.
Con los años, lo que comenzó con un simple encuentro
despertó en mí una curiosidad que antes no había sentido y me hizo querer
comprender más a esas personas diferentes, que no ven y sienten el mundo igual
que los que decimos ser “normales”. Algo que, por desgracia, no aprendí en el
colegio o en el instituto o en la universidad. Esa educación se me ofreció en
casa, mis padres, con su educación abierta y sincera en este y otros muchos
temas, nos dieron la libertad necesaria a mi hermano y a mí para conocer y experimentar,
para no tener miedo a preguntar, alimentando nuestro espíritu crítico y curiosidad
sobre el mundo, las personas y la vida en general.
Una de las experiencias más bonitas que he vivido en el trabajo ha sido ayudando a una compañera a hacer un taller sobre minerales para un centro de día de personas con discapacidad. La manera en la que estas personas ven el mundo es algo que a nosotros se nos escapa y tener la oportunidad de ver los minerales a través de sus ojos, me hizo darme cuenta de que meternos en nuestra burbuja de ciencia no es bueno, nos necesitamos unos a otros para aprender a ser más cercanos, más humanos, mejores personas y mejores como sociedad y creo que eso se consigue educando en valores, pero no esa educación teórica que se da en una clase donde todos los alumnos son “normales”, se necesita el contacto con la realidad de esas personas diferentes, dejar la comodidad de nuestra silla y vivir la realidad que viven ellos.
Creo que, en una sociedad como la nuestra, donde incluso
pese a la pandemia, prima el individualismo, es evidentemente necesario e imprescindible
que, desde nuestra posición como personal dedicado a la administración pública,
ofrezcamos e implementemos medidas eficaces y efectivas para evitar la
discriminación y fomentar la igualdad de trato. Sin embargo, el cambio debería
ser mucho más profundo, de nada sirven esas medidas si antes no hemos educado a
nuestros niños, jóvenes, adultos y mayores a ver personas y no colores, ausencias
o presencias. De nada sirven las leyes y normas si antes no hemos aprendido a
ponernos en la piel del otro, a ser empáticos y a ver que todos tenemos
nuestras limitaciones y carencias, las de algunos se aprecian, las de otros
están más escondidas, pero que, pese gracias a eso somos más humanos y
podemos aprender unos de otros. Nosotros, como personal de la administración somos
privilegiados pues podemos ser artífices, impulsores y ejecutores de ese cambio,
nunca es tarde para comenzar. Como los granos de arena de una playa, cada grano es único, especial e irrepetible pero todos ellos son necesarios para hacer la playa.

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